La Revolución y su Ética

La Revolución y su Ética

La Revolución y su Ética

por John William Cooke

John William Cooke escribe: "Solamente la "ética de solidaridad" permite que los hombres reconozcan la esencia intersubjetiva de sus relaciones y asuman el imperativo emergente de luchar por la liberación común".


"Allá, en las alturas de la Sierra Maestra, le está naciendo un nuevo tipo humano a Cuba".
Comandante Che Guevara (21-8-60)

"Lo que es bueno para la General Motors es buenos para los EEUU".
Charles Wilson, secretario de Defensa Norteamericano.

Cuando Mr Wilson pronunció su famosa frase, algunos periodistas y políticos estadounidenses exteriorizaron cierta dosis de escándalo. En realidad, eran esos críticos los equivocados y no el Secretario de Defensa, que prescindió de los desvíos que permiten decir eso mismo bajo fórmulas idealistas, y se limitó a resumir en pocas palabras la filosofía fundamental de la democracia capitalista. La crudeza es excusable en un "businessman" exitoso, máxime cuando ha prestado leales servicios a la causa de la Libertad -alternada y simultáneamente- desde la General Motors y desde el Gabinete de Eisenhower. Si cometemos la irreverencia de juntar su nombre con el del comandante Guevara (que según la prensa plutocrática es la reencarnación "southamericana" de Lenin) es porque en las citas transcriptas están sintetizadas dos concepciones, dos modos de vida irreconciliables.

La frase del comandante Guevara no se limita a los mejoramientos físicos que se logran al eliminar el subconsumo y las malas condiciones sanitarias: se refiere también a una moral que es causa y consecuencia del progreso común. Eso nos lleva a la médula del problema.

Entre el sistema liberal-burgués y el que lo reemplazó en Cua, media mucho más que dos técnicas de gobierno, que una redistribución de riquezas, que un cambio de manos de los resortes estatales. Lo que asegura el desarrollo revolucionario es la interacción entre esos cambios objetivos y las transformaciones subjetivas de las masas y dirigentes.

La diferencia entre el liberalismo y la Revolución no está donde la buscan los voceros conservadores. Como ellos creen en un arquetipo institucional, con sus correspondientes moral e ideología inmutables y universales, es a partir de allí que emiten sus juicios: el hecho revolucionario sería una anomalía, un desequilibrio del orden natural en las relaciones políticas. El diagnóstico tendría validez, pongamos por caso, para un gobierno que desvirtúa la democracia burguesa apelando al fraude o a la dictadura, pero sin repudiar los principios asceptados en teoría. Mientras el delito se confine a la capa superestructural, la Democracia Occidental considera a ese gobierno como perteneciente a su rebaño; ya el Progreso se encargará, en algún indefinido Futuro, de corregir las desviaciones.

Frente a la Revolución, los reaccionarios se enredan y caen en la incoherencia, porque la característica de la Revolución es, precisamente, que desconoce los valores que se toman como referencia para juzgarla. Dode el liberal ve un mundo de armonías, el revolucionario ve un caos de desigualdades; donde el liberal ve una sociedad que debe preservarse, el revolucionario ve las fuentes de la explotación; mientras el liberal piensa que las injusticias son transitorias o inevitables, el revolucionario se propone repararlas destruyendo el sistema que las origina. En una palabra: donde Mr. Wilson ve al Hombre (una abstracción extrañamente a Mr. Wilson), el Che Guevara ve guajiros sin tierra, niños escrofulosos y proletarios subalimentados. La democracia capitalista alega ser un orden natural. El revolucionario la considera un orden histórico, y, como tal, modificable por el esfuerzo de la voluntad humana.

La ideología liberal-burguesa no es, por lo tanto, una inmanencia conocida por revelación, ni el resultado último del proceso racional: es tan contingente -condicionada por la Historia y la geografía- como el mundo cultural del que nació, y debe ser superada como prerrequisito para la eficacia revolucionaria. Mediante ese doble reconocimiento, estamos fuera de las trampas de la resignación, de la conformidad o del pesimismo. El mundo se nos ofrece como inacabado, y nuestra tarea irá abriendo, con cada conquista, nuevas posibilidades de acción. Aunque las hipótesis futuras de ese desafío son impredecibles, no lo es el fundamento moral que permite avanzar por los caminos de la emancipación humana.

Las dos éticas


Desde las más primitivas agrupaciones (familia, tribu), los sentimientos humanos se agitan en una antítesis: amistad interna, hacia los integrantes de la comunidad, y hostilidad externa, hacia el que no pertenece a ella. La civilización ha conseguido dar formas racionales a la convivencia -al menos durante parte del tiempo-, sin que el hombre moderno haya dejado de seguir dividiendo a la humanidad en dos grupos, que Bertrand Russell delimita así: amigos, hacia quienes tenemos una ética de cooperación, y enemigos, hacia quienes seguimos una ética de competencia.

En el seno de una nación capitalista, no solamente coexisten esas dos éticas, sino que constituyen su fundamento organizativo. El sistema económico social -basado en la libre empresa, la iniciativa privada y la supervivencia del más apto- enfrenta a los individuos y a las clases en una "ética de competencia", donde prácticamente queda abolida la regla moral. Sobre esa realidad se erige un sistema institucional cuyo soporte teórico es la igualdad de los ciudadanos, unidos por una "ética de cooperación". La ideología se encarga de conciliar esta contradicción entre dos morales antitéticas, encubriendo las diferencias económicas con el dogma del pacto liberal.

La revolución desdeña esa mitología y se niega tanto a distinguir entra las estructuras sociales y sus formas políticas, cuanto a tomar al hombre en abstracto, separado de sus bases materiales. Emplea como único criterio de valor el de las relaciones del hombre con el hombre. De la doble ética del capitalismo nacen las injusticias; desaparecerán cuando la ´nica moral sea la de la solidaridad. La misión del "hombre nuevo", guiado por la "ética de la cooperación", es derribar las barreras que la economía pone entre los hombres.

El triunfo de la Revolución no se ha resucito, pues, en una suplantación de elencos, sino en cambios cualitativos que involucran a las instituciones y las hacen aptas únicamente para una sociedad con ética de solidaridad.

La cohesión interna


Hasta la aparición de la técnica moderna, la cohesión de un país o de un Imperio dependía de la cohesión de sus capas superiores. La cohesión de las naciones capitalistas es mucho más amplia e incluye, prácticamente, a toda la población. La teoría de la democracia liberal oculta la verdad de la composición clasista de los poderes, mientras la técnica facilita las comunicaciones, la propaganda y la represión. La autoridad actúa a nombre del pueblo, como depositaria de la voluntad general. Esa "voluntad general", no pasa de ser otro concepto metafísico, exteriorizado en el convencionalismo de plebiscitos electorales que van renovando la delegación del gobierno en el sector dirigente.

En la democracia revolucionaria, la cohesión no es mecánica: emana de una voluntad nacional unida en propósitos concretos de beneficio común. Entre el pueblo y el Gobierno, no hay contradicción posible, porque ambos ejecutan conjuntamente planes conocidos por todos, que persiguen la eliminación de los privilegios.

En esta materia, los países liberal-burgueses no han progresado mucho desde la edad primitiva: la solidaridad interior depende mucho de la presión del enemigo externo. La prueba está en que durante la guerra es cuando aparece una fuerte "ética de cooperación", que es más buen una forma que adopta el instinto de conservación. Y aun en esas circunstancias de crisis, nada impediría a Mr. Wilson servir a su patria sin descuidar a la General Motors. El peligro exterior también acrecienta la solidaridad en el país revolucionario, pero la "ética de cooperación", no es una eventualidad de guerra, sino una característica permanente.

El comandante Raúl Castro ha explicado cómo influyó en la condición revolucionaria la experiencia de la lucha y la intimidad con los campesinos. Esa relación recíproca entre la práctica y los planteos teóricos despejó errores apriorísticos y permitió ajustar los esbozos programáticos. Por eso el Gobierno no es imparcial frente a las necesidades de los humildes, ni busca resolverlas por ellos: es revolucionario porque busca soluciones con ellos. Es la más alta forma de la cohesión social.

El Gobierno de la Revolución no tiene compromisos de la "ética de la competencia" con la "ética de cooperación", porque es una forma instrumental de esta última.

El impacto del a ética


No todos los grupos se impregnan con igual rapidez de este nuevo sentido de solidaridad, pero las realizaciones van incorporando a los remisos y alejando a los débiles de espíritu. Los campesinos son el caso patente de una clase incorporada masivamente, junto con los obreros, sobre los cuales diremos unas palabras.

Con la aparición de la esclavitud, se inició un fenómeno que podemos definir como la separación entre la finalidad de la obra y la finalidad de quien la realiza. El trabajo manual del esclavo, no era para sí, sino para el amo. El resultado de su faena le interesa al patrono: el esclavo buscaba mejor trato. El capitalismo ha acentuado este fenómeno hasta el máximo, por medio de su organización productiva y del maquinismo. El obrero que repite constante y monótonamente un determinado movimiento den la cadena de la producción, es un esclavo. Y no lo dijo en sentido metafórico. Si su función consiste, por ejemplo, en colocar una tuerca en un montaje de bicicletas, su finalidad no es armar bicicletas (esa es la finalidad de la empresa), sino ganar un salario. El salario es lo único que lo liga al proceso productivo. Las ilusiones sobre el tiempo que se ahorraría con el maquinismo, no se han concretado para el proletariado. EEUU, que tiene el más alto nivel de automatización, es el país de los hombres apurados, prisioneros de un trabajo sin objeto ni sentido para ellos; por algo es el país que registra más alto porcentaje de desequilibrios nerviosos. El proletario moderno, no vende su obra, sino su tiempo. Vale decir, vende su vida. No hay nada más similar al esclavo.

En la sociedad de la "competencia", esa fuerza productiva que resulta del trabajo multiplicado de los obreros, se les aparece a estos como una fuerza extraña y ajena a ellos. En la sociedad con "ética de cooperación", desaparece ese vacío: la fuerza del trabajo pertenece a los obreros, y no a la inversa. La obra es parte de la finalidad del trabajador, porque el salario no es la única relación con el proceso productor. Si la meta de la Revolución cubana es suprimir toda forma de explotación, la labor de cada obrero está contribuyendo a alcanzarla; y su suerte está ligada a esa finalidad. Solamente en la "ética de cooperación" se concibe al proletariado posponiendo los pedidos de aumentos de salarios; solamente ella puede llevarlo a aportar un porcentaje de su paga para el desarrollo industrial, en la seguridad de que los frutos serán de la sociedad y no de un empresario.

Así como la movilización comprende a todo el pueblo, siempre habrá pequeños grupos que no depondrán su hostilidad. Pertenecen al sector de profesionales liberales, magistrados, profesores. En ellos entran en colisión las dos éticas. Aunque no hayan sido perjudicados en sus intereses económicos, la transformación revolucionaria los afecta porque pierden "poder social", es decir, la gravitación en influencia de que es tan celosa una parte de la clase media, que no es capaz de superar su condicionamiento clasista.

La Revolución comienza por destruir algunos valores en que se cifraba al preeminencia de esos círculos: el desaliño revolucionario, el desprecio por las exterioridades les perjudican porque ellos quieren distinguirse y marcar una diferencia con el resto de los cubanos. Han perdido, así, una singularización, y el burgués apegado a sus particularismos no perdona la ofensa. A eso se agrega que su mayor nivel cultural con respecto a las masas les crea la ilusión de que no pertenecen al mundo del guajiro, del sudor y del sacrificio, sino al más fascinante de la Cultura Occidental, cuyos mitos difunden con sincera convicción. Mentalmente colonizdaos, desempeñan en nuestros países el papel de un ejército intelectual de ocupación.

La "ética de cooperación" no los penetra porque se matienen fieles a una formación profesional destinada a la ética de competencia: el diploma profesional era el instrumento para luchar por honorarios. Como jueces y abogados, creen en un orden jurídico desintegrado por la crítica y por la Historia. El famoso juez norteamericano Holmes decía que toda sentencia partía de lo que llamó la "premisa mayor inarticulada" que era la aceptación de que la democracia capitalista era un orden social de la naturaleza. Este grupo, aunque pequeño numéricamete, es digno de ser mencionado. La premisa mayor inarticulada no se les ha despegado y, encerrados en sus prejuicios, se considerarán exiliados en la nueva Cuba.

Ética y propaganda


Cada sistema político tiene acoplada una maquinaria de propaganda y una maquinaria de violencia, donde se reflejan también las diferencias que venimos apuntando. En el régimen liberal-burgués, tanto la mauqinaria de propaganda del Estado como la que está en manos del sector privado, coinciden en defender los mismos intereses, que son los de la estructura oligárquica dominante. Las discrepancias son internas, dentro del régimen. (Por ejemplo, Mr. Hearst podría no coincidir en algo con Mr. Wilson y criticarlo desde su cadena de diarios; siempre tendría la seguridad de que, si sus ataques son efectivos y Mr. Wilson tiene que renunciar, será sustituido por otra persona que tenga sus mismos puntos de vista sobre los problemas generales. Si, en cambio, se mencionase al Che Guevara como posible remplazante de Wilson, Mr Hearst preferirá dejar las cosas como están).

El objetivo principal de esos engranajes propagandísticos es buscar que las desigualdades sociales no emerjan al terreno político, es decir, que las masas acepten que son libres y tienen la suerte de pertenecer a una organización social donde resplandecen los valores del espíritu. En los grandes centros imperiales, el nivel de vida que se alcanza -en parte gracias a la explotación colonial- torna el engaño bastante fácil. Sobre todo porque además se explica que existe "igualdad de oportunidades para todos": esta afirmación de que en cada uno hay un Rockefeller potencial, los deja satisfechos a todos, porque la "ética de competencia" solo concibe éxitos individuales; y Mr. Rockefeller, el real, no será molestado con rebeliones impertinentes.

En los países semicoloniales, la cosa es más difícil. Cada vez más difícil. Pero el aparato de represión compensa las insuficiencias del de propaganda. Este se encarga de demostrar que el imperialismo es un invento de Fidel Castro, y la lucha de clases, un invento comunista. De que, entre la miseria nativa y el sistema institucional, no hay relación de causalidad: la miseria pertenece al sórdido mundo de lo material, mientras esas lindas Constituciones están en el dominio puro de los valores. Postular que para que desaparezca el infraconsumo hay que cambiar las instituciones, es incurrir en "grosero materialismo" (ese que tanto hiere la virginal sensibilidad de los presidentes y generales) y agraviar a Washington, a Madison y a Jefferson.

Tanto en el centro imperialista como en la colonia, la misión de la propaganda es fomentar la pasividad. Es propaganda para que el pueblo "no haga".

La propaganda de la Revolución busca todo lo contrario: es incitación a hacer y explicación de lo que hay que hacer y cómo hacerlo. Lo que se quiere, no es dominar la conciencia de los oprimidos, sino llevarlos a liquidar las causas de la opresión.

La explotación no resulta de un fatalismo de la Naturaleza: es un producto de los hombres contra los hombres. La Histoira no está hecha por anticipado, sino que se realiza en la contingencia y el riesgo. No es un desarrollo externo al hombre, sino un resultado de la actividad humana.

Esta confianza puesta en el hombre de carne y hueso y no en el limbo de las ideas desencarnadas marca la tónica de la propaganda revolucionaria: en lugar de adormecer a las masas, de arrancarles el consentimiento por la astucia o la fuerza, se las acicatea convenciéndolas de que cada uno es responsable por sí y por todos. Tanto los grandes objetivos como las tareas para alcanzarlos, deben ser calramente conocidos, porque la responsabilidad es común. Por eso en los discursos de Fidel hay enunciados doctrinarios y consejos prácticos, desde planteos ideológicos hasta indicaciones de cómo se deben cuidar las vacas o plantar la lechuga.

Ética y violencia


La violencia no es una anomalía de la convivencia, como se empeña en hacernos creer el liberalismo. La Historia desconoce la no-violencia: conoce diversos tipos de violencia. La ideología de la democracia capitalista afirma que el mundo ha encontrado, por fin, el sistema ideal -o, por lo menos, el mejor posible- y que la paz entre los hombres es una cuestión de buena voluntad kantiana. Pero su legalidad, como todas, parte de un poder de hecho, y cuando reprueba la violencia revolucionaria, es para consolidar la violencia establecida.

El Estado liberal admite la discusión dentro del círculo de hierro de sus propios dogmas: los que están de acuerdo enexcluir la hipótesis revolucionaria o mantengan sus discrepancias en el terreno teórico, no deben temer nada. Para los que pasen esos límites, hay comisiones investigadoras, acusaciones de totalitarismo, etcétera. Porque aunque el liberalismo incorpora el concepcto racionalista de la relativización de los juicios de valor, defiende sus ideas como absolutos, más allá de la crítica.

En el hecho de que un hombre tenga 1000 caballerías y otro no tenga para vivir, el liberal no ve una situación que encierre violencia, sino un producto de la diferencia de aptitudes o de la fatalidad. El prestamista usurario está dispuesto a amar a quienes le abonen religiosamente el diez por ciento mensual; el dueño de fábrica a sus obreros con cuyo trabajo se enriquece; el parásito militar al pueblo que paga sus sueldos y sus juguetes mortíferos. Pero si los explotados reaccionan contra la opresión, recién entonces los explotadores creen que ha aparecido la violencia. Entonces su propia violencia petrificada en sus instituciones de clase, se torna activa y reprime la "agresión", utilizando al Ejército y la Policía, brazo armado de las estructuras del privilegio.

La Revolución ha llegado por el único medio posible -la violencia- y necesita de ella para defenderse del ataque combinado del imperialismo y la oligarquía. Pero no necesita un brazo armado para ejercer coerción contra la mayoría, sino un pueblo armado para que no se frustre la hazaña emancipadora. Cuando Fidel desafía a los gobernantes latinoamericanos a que repartan fusiles, está marcando una diferencia entre el poder ejercido por gerentes y otro que está seguro de la decisión popular.

Ya sea que el reclutamiento se haga mediante el servicio militar obligatorio o la contratación de mercenarios, el Ejército profesional tiene una oficialidad unida por razones de casta y una tropa sometida a disciplina ciega y mecánica. Como en el caso del obrero, no existe ninguna relación entre la finalidad del Ejército y la finalidad del soldado: a pesar de las arengas patrioteras, este busca cobrar un sueldo o cumplir con una obligación legal

El Ejército Rebelde y las Milicias, en cambio, son parte de la actividad del pueblo. La disciplina no es un medio de embrutecimiento ni un fin en sí misma: por eso el adoctrinamiento tiene tanta importancia.

Los soldados y las milicias trabajando voluntariamente en la construcción de escuelas y vivienda, es uno de los casos más emocionantes de la "ética de la cooperación".

El revolucionario y la moral


Hemos visto que entre el régimen liberal-burgués y la Revolución no hay puntos de coincidencia. Ni siquiera un lenguaje común. Si alguien consideró demasiado impresionante traer a Mr. Wilson y a la General Motors a debate, me apresuro a contestarle que cualquier Mr. Brown, dueño de un "drug-store", podría repetir esas palabras, en la seguridad de estar dentro de una ortodoxia varias veces centenaria y consagrada en las fórmulas de la democracia occidental: la libertad consiste en que cada hombre pueda buscar su propia felicidad; el orden jurídico garantiza una lucha económica donde la iniciativa individual no sufra trabas; de esa contraposición de egoísmos nace el Progreso y se afirma la Libertad.

Además, Mr. Wilson dista de ser un desalmado. No solamente siente compasión por los millones de seres que carecen de pan y techo, sino que contribuye -me atrevo a afirmarlo- para obras de caridad destinadas a aliviar esas situaciones afligentes. Lo que jamás admitirá es que en ellas tenga responsabilidad el sistema social del que es pilar la General Motors. Y no vaya a creerse que solamente por razonamientos de tipo económico; los filósofos le han demostrado que allí hay un problema moral: el de la Libertad del Hombre. Si alguien adelanta un último argumento de que esa Moral es tan producto de las relaciones capitalistas como puede serlo un Chevrolet, Mr. Wilson llamará en seguida al FBI: solamente un "materialista", un agente de la tiranía cubana puede entrever las cosas del espiíritu con los artículos de la manufactura.

El revolucionario no desprecia la moral ni la libertad, aunque Mr. Wilson piense lo contrario. Lo que sucede es que le tiene desconfianza a ciertas abstracciones que, tal vez por coincidencia, siempre están apareadas con intereses bien concretos. Se niega, por lo tanto, a hacer de la moral un problema de simple interioridad, disociado de las relaciones humanas. Porque nadie es conciencia pura: todas las conciencias están comprometidas. LO que hacemos afecta a los demás y es una estafa creer que podemos eludir la responsabilidad refugiándonos enaxiologías que nos absuelven de antemano. Desde que estamos en el mundo, tenemos que formular decisiones, elegir. Los que piensan que reconcentrándose en sí mismos preservan incorrupto su "yo", se equivocan: la pasividad no es una manera de eludir la opción, sino una opción como cualquiera otra, porque la condición humana excluye la neutralidad. La calidad de sujeto histórico no es renunciable, y eso torna el pecado de omisión tan grave como el de comisión: una auténtica moral no hace distingos entre autores y cómplices.

El revolucionario asume esa responsabilidad y los riesgos que ella importa. Completamente lúcido con respecto a su situación en un mundo en el que se sabe comprometido, renuncia a los halagos pueriles de la autoindulgencia. Rehusa separar su conciencia de sus actos, sus ideas de las consecuencias que ellas traen. La "ética de competencia" que ellas traen. La "ética de competencia" es una lucha para imponer la propia subjetividad sobre las subjetividades ajenas, para tratarlas como objetos.

Solamente la "ética de solidaridad" permite que los hombres reconozcan la esencia intersubjetiva de sus relaciones y asuman el imperativo emergente de luchar por la liberación común.

De esta moral nace un individualismo mucho más alto que el que se revuelca en las aguas fangonsas de la búsqueda del lucho. "El individualismo debe ser en el día de mañana el aprovechamiento cabal de todo individuo en beneficio absoluto de una colectividad. (Comandante Che Guevara, disc. Cit.) Lamentablemente, Mr. Wilson y muchos Mrs. Wilson temblarán de espanto ante la visión de la dulce Cubanacán convertida en una tierra totalitaria, sin competencia, sin libre empresa, semejante a una de esas terroríficas anticipaciones que suministra la ciencia-ficción y leen los presidentes de Norteamérica.

Si no fuese porque sabemos que no nos entenderían, quisiéramos explicarles a los Mrs. Wilson que en Cuba no muere la Libertad, sino un espejismo de Libertad, alimentada de sangre y sufrimiento y miseria. Como antes murió la libertad de tener esclavos, o la libertad para la trata de blancas, o la libertad para el tráfico de opio. Le diríamos que la "ética de competencia", no afirma la personalidad, sino que la destruye y convierte la convivencia en una yuxtaposición de soledades. Le informaríamos que ni siquiera los privilegiados son realmente libres porque están prisioneros del espíritu de posesión: los millones son de Mr. Wilson, pero Mr. Wilson es de sus millones.

Con Fidel Castro nació la Cuba de la "ética de cooperación", cuyos hijos buscan realizarse como seres libres del prejuicio del temor, del odio, del egoísmo. Por toda América ha corrido la convocatoria y en medio del combate nos vamos reconociendo por las voces y por los cantos.

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John William Cooke, fue un filósofo argentino, peronista, marxista y asesor del Che Guevara. Cooke es una figura clave para el pensamiento político argentino y para el pensamiento emancipador de toda Nuestra América.

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